
Que sería la vida sin nuestros reprimidos pensamientos, quitarnos la única manera en que podemos despegar de la monótona realidad. Alejarnos un instante de las estructuras y cánones, viajar por las nubes jugosas, comer delicias inexistentes, probar la sabia que nos fueron negadas por una manzana, regresar al error y enmendarlo.
Una vida sin sueños es como un mar sin olas, calmado, tedioso, aburrido, monótono.
Arraigados a la tierra nos encontramos, pero siempre existe la posibilidad de romper el cordón, y vivir libres nuevamente. El útero nos retiene, pero la luz es más fuerte y nos incita a salir, a conocer. Cuanto tiempo perdemos en absurdas distracciones alienantes, en torpes reflexiones, porque no ocupamos el tiempo soñando, todo los seres conectados por sus deseos y pretensiones más ocultas. Que divertido sería encontrarnos en ese lugar, y compartir, charlar, interactuar. El momento en que logremos imaginar nuevamente nos salvaremos, en ese lugar donde las sumas no siempre son exactas y no existe un único resultado, donde las respuestas pueden variar y no sólo disponemos de un par de alternativas, o lo que es peor, una verdad absoluta. Vivamos querubines, sumerjámonos, exprimamos el espíritu de la materia, y no nos limitemos a apreciar solo la envoltura.
Compartamos el dulce recuerdo del conocimiento sin ataduras, y así algún día lograremos crear nuestra fábrica de felicidad eterna.



