sábado, noviembre 12, 2005

Viaje a la semilla


Hay días en que vuelvo a ser hombre, abandono la simpleza de mi existencia y vuelvo a nacer. Me olvido de mis frágiles alucinaciones y pienso en redimirme con absurdos cumplidos. Me rió, converso, realizo actividades permitidas por la moral pervertida y conservadora de nuestra sociedad. Realizo inconscientemente un viaje hacia la esencia poco cuestionadota en la que estamos sumergidos, y soy feliz, por instantes me siento bien. Luego vuelvo al estúpido estado de mis necedades, mocedades obsoletas que no me llevan a nada más que a pensar en lo poco que valgo. Consumo una introspección poco inteligente hacia la nada y mis conclusiones son pertinentes a la situación. Luego regreso al estado pueril cavernícola del ensimismamiento contemporáneo que me da un placer poco convencional y nada de pertinente con mis sentidos. Mi vida se debate entre estos estados, el miserable contrastado con el fantástico, el real y el onírico. Pues ¿que es la vida sino un sueño que nos atormenta? Un trance maravilloso que nos impide, contradictoriamente, vivir. Quizás este velo nos permite ser felices, y debo admitir, con algo de impotencia, que sin este velo no es plausible la felicidad. Nadie, sin excepciones, puede vivir contento en este mundo sin la burbuja en que nos encerramos. Una burbuja impenetrable que nos aliena hasta drogarnos dentro de nuestras mentiras piadosas. Este estado es la vida, una intoxicación producida por la falta de aire, de sentimientos, de emociones. Solo somos seres comprensiblemente patéticos, ensimismados, materialmente necesitados, naturalmente indefensos, mecánicamente programados.

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